Barreras arquitectónicas que discapacitan
29 de oct de 2010 por Sara

La vida cotidiana está compuesta por pequeñas acciones sencillas que llegan a formar parte de una rutina. Hacer la compra en el supermercado, sacar dinero en un cajero automático, acudir al lugar de trabajo o de estudios, viajar en autobús, tren, metro… Dar un paseo, hacer deporte, ir al cine, salir de fiesta o aparcar el coche.
Todas son tareas que no tienen mucha dificultad, al menos para aquellas personas para las que el mundo está hecho a medida. Pero esa medida deja fuera a una parte de la sociedad cuya rutina consiste en tratar de superar una auténtica carrera de obstáculos.
Muchas personas no pueden ver el mundo, otras no pueden escucharlo y algunas no pueden pisarlo. Son aquellos a los que se les denomina discapacitados. Aunque bien es cierto que no es lo mismo ser discapacitado que sentirse discapacitado. El entorno se ajusta a su medida entre las paredes de sus casas, y cuando cruzan el umbral de la puerta se adentran en un ambiente hostil lleno de barreras. Algunos viven esta condición de forma permanente, para otros es algo pasajero, en cualquier caso se encuentran con trabas difíciles de superar.
En teoría, cada vez son más las políticas e iniciativas que se preocupan por hacer las ciudades más accesibles. Pero una cosa es prometer y otra llevarlo a la práctica. Muchos edificios tienen rampas y ascensores, otros muchos, insalvables escaleras. Las rampas no cumplen con la normativa y suelen ser demasiado estrechas o con demasiada inclinación, lo que supone otra barrera más.
Nos fijamos cuando vemos un relieve en braille en algún objeto que usamos a diario, pero no lo echamos de menos cuando no lo hay. Pregúntale a un ciego si siente la falta de elementos que le faciliten la vida; esa falta seguramente sea la que le haga sentirse discapacitado.
Algunos programas de televisión incluyen un cuadro con un intérprete de la lengua de signos, o bien ofrecen la posibilidad de incluir subtítulos en la pantalla. Pregúntale a un sordo si siente que recibe los mensajes correctamente; algo en el sistema de comunicación falla.
La adaptación de los transportes públicos es siempre un proyecto de cara al futuro. Autobuses con rampas, ascensores en los accesos a las estaciones, plazas de aparcamiento reservadas… Pregúntale a un parapléjico cuántas paradas de metro tiene que recorrer para encontrar una entrada posible. Seguramente optará por pedir un taxi.
Pasar a la acción
Las campañas de concienciación, sobre todo entre los niños, surten efecto. Ponerse en el lugar de las personas discapacitadas hace que tomen conciencia de las barreras existentes. Si en un futuro tienen la oportunidad de hacer algo por facilitar la vida a aquellos en cuya piel estuvieron una vez por unas horas, harán todo lo posible por destruir esos obstáculos.
Afortunadamente hay personas que luchan de verdad, con iniciativas reales. Y ¿quién mejor para eliminar las barreras arquitectónicas que un arquitecto? Mejor aún: dos. Los argentinos Daniel Low y Gustavo Bennun ofrecen desde su página web accesible.com.ar un espacio abierto de ideas y proyectos de accesibilidad y diseño para todos.
La solución para que esos obstáculos desaparezcan está en crear infraestructuras accesibles desde el inicio, ya que adaptarlas a posteriori, aparte de no resultar eficaz al 100%, supone un sobreesfuerzo económico extra. Grandes e importantes ciudades se jactan de ser espacios accesibles, pero la mayoría de las veces estos espacios se reducen a zonas concretas.
Recorrer una ciudad y hacer uso de sus edificios, sus transportes, sus infraestructuras y su comunicación puede convertirse en una auténtica odisea para los que se sienten discapacitados en un mundo que no les tiene tomada la medida.












