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Las escaleras son una barrera insalvable si vas en silla de ruedas. / H. BIN AHMAD

La vida cotidiana está compuesta por pequeñas acciones sencillas que llegan a formar parte de una rutina. Hacer la compra en el supermercado, sacar dinero en un cajero automático, acudir al lugar de trabajo o de estudios, viajar en autobús, tren, metro… Dar un paseo, hacer deporte, ir al cine, salir de fiesta o aparcar el coche.

Todas son tareas que no tienen mucha dificultad, al menos para aquellas personas para las que el mundo está hecho a medida. Pero esa medida deja fuera a una parte de la sociedad cuya rutina consiste en tratar de superar una auténtica carrera de obstáculos.

Muchas personas no pueden ver el mundo, otras no pueden escucharlo y algunas no pueden pisarlo. Son aquellos a los que se les denomina discapacitados. Aunque bien es cierto que no es lo mismo ser discapacitado que sentirse discapacitado. El entorno se ajusta a su medida entre las paredes de sus casas, y cuando cruzan el umbral de la puerta se adentran en un ambiente hostil lleno de barreras. Algunos viven esta condición de forma permanente, para otros es algo pasajero, en cualquier caso se encuentran con trabas difíciles de superar.

En teoría, cada vez son más las políticas e iniciativas que se preocupan por hacer las ciudades más accesibles. Pero una cosa es prometer y otra llevarlo a la práctica. Muchos edificios tienen rampas y ascensores, otros muchos, insalvables escaleras. Las rampas no cumplen con la normativa y suelen ser demasiado estrechas o con demasiada inclinación, lo que supone otra barrera más.

Nos fijamos cuando vemos un relieve en braille en algún objeto que usamos a diario, pero no lo echamos de menos cuando no lo hay. Pregúntale a un ciego si siente la falta de elementos que le faciliten la vida; esa falta seguramente sea la que le haga sentirse discapacitado.

Algunos programas de televisión incluyen un cuadro con un intérprete de la lengua de signos, o bien ofrecen la posibilidad de incluir subtítulos en la pantalla. Pregúntale a un sordo si siente que recibe los mensajes correctamente; algo en el sistema de comunicación falla.

La adaptación de los transportes públicos es siempre un proyecto de cara al futuro. Autobuses con rampas, ascensores en los accesos a las estaciones, plazas de aparcamiento reservadas… Pregúntale a un parapléjico cuántas paradas de metro tiene que recorrer para encontrar una entrada posible. Seguramente optará por pedir un taxi.

Pasar a la acción

Las campañas de concienciación, sobre todo entre los niños, surten efecto. Ponerse en el lugar de las personas discapacitadas hace que tomen conciencia de las barreras existentes. Si en un futuro tienen la oportunidad de hacer algo por facilitar la vida a aquellos en cuya piel estuvieron una vez por unas horas, harán todo lo posible por destruir esos obstáculos.

Afortunadamente hay personas que luchan de verdad, con iniciativas reales. Y ¿quién mejor para eliminar las barreras arquitectónicas que un arquitecto? Mejor aún: dos. Los argentinos Daniel Low y Gustavo Bennun ofrecen desde su página web accesible.com.ar un espacio abierto de ideas  y proyectos de accesibilidad y diseño para todos.

La solución para que esos obstáculos desaparezcan está en crear infraestructuras accesibles desde el inicio, ya que adaptarlas a posteriori, aparte de no resultar eficaz al 100%, supone un sobreesfuerzo económico extra. Grandes e importantes ciudades se jactan de ser espacios accesibles, pero la mayoría de las veces estos espacios se reducen a zonas concretas.

Recorrer una ciudad y hacer uso de sus edificios, sus transportes, sus infraestructuras y su comunicación puede convertirse en una auténtica odisea para los que se sienten discapacitados en un mundo que no les tiene tomada la medida.

Adrián Incera nació hace 25 años en Gijón. Desde pequeño soñaba con ser actor profesional y tras hacer sus pinitos en el teatro principal de su ciudad natal, su vida dio un giro de 180º. Con 20 años dejó Asturias para trasladarse a Madrid, donde empezó su preparación para ser Tripulante de Cabina de Pasajeros (TCP) o, para que todos lo entiendan, Auxiliar de Vuelo. Compaginando su profesión y su pasión por el baile, ha tenido oportunidad de viajar por todo el mundo. Adrián cuenta sus experiencias.

 

PREGUNTA: ¿Por qué querías ser TCP?

RESPUESTA: La primera vez que me subí en avión me fijaba en todo lo que hacían los TCP´s y siempre me imaginaba qué haría yo si estuviera en su lugar, dónde dormirían esa noche, en cuántos sitios habrían estado…  El hecho de poder subirme en un avión todos los días me fascinaba.

P: ¿Cumple la profesión tus expectativas?

R: Si, llevo volando desde 2007 y cada día me gusta más mi trabajo, es muy dinámico y ameno. Conoces un montón de gente cada día, compañeros y pasajeros, cada uno con su historia.

P: ¿En qué países has estado?

R: En Europa: Portugal, Francia, Inglaterra, Escocia, Holanda, Austria, Suiza, Italia, Grecia, Malta, Polonia, Hungría, República Checa, Rumanía y Alemania. Y fuera de Europa en Túnez, México, Estados Unidos, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Egipto, Líbano, Yemen y Kuwait. Esto incluye viajes de placer, trabajo, y alguna que otra visita express Aeropuerto-Hotel-Aeropuerto.

P: Has vivido en Escocia, Túnez y Arabia Saudí, ¿dónde te adaptaste mejor? R: Aunque parezca mentira, en Arabia Saudí. La experiencia en Escocia no fue muy buena en general, el país para visitar es muy bonito pero para vivir es muy triste. La vida en Arabia Saudí es muy difícil al principio, deberían dar algún tipo de libro informativo con las reglas culturales de lo que se puede y no se puede hacer. Pero una vez te acostumbras, se lleva muy bien. Se vive muy bien, hay mucho dinero en el país y eso se nota. Como hombre es más fácil adaptarse, las mujeres lo tienen todo más complicado en esa cultura.

P: ¿Qué cultura de las que has conocido te ha marcado más?

R: La mexicana sin duda, su cultura, su historia, sus monumentos, sus museos, la gastronomía, la gente del país… todo en México es maravilloso.

P: ¿Dónde no volverías?

R: Túnez es un país que doy por conocido, no me gusta el estilo de vida que tienen y no hay mucho para visitar, sólo playa.

P: ¿Crees que es posible viajar sin mucho dinero?

R: Hoy en día casi todo el mundo puede permitirse viajes que hace años eran impensables. Hay determinados vuelos que son incluso más baratos que los billetes de autobús. En el destino si te lo sabes montar bien, no se necesita gastar en exceso, aunque hay que prescindir de ciertas comodidades.

P: ¿Cuál es la mejor experiencia de tus viajes?

R: Pues aunque la gente dice que estoy loco, me encanta el viaje en avión, sobre todo si es con una compañía con la que nunca he volado, me gusta ver su estilo de trabajo. También el primer contacto con la ciudad a la que llegas, ese momento en el que visitas por primera vez monumentos o lugares que llevas años viendo en la televisión o en fotos y que de repente lo tienes ante ti.

P: ¿Y la peor?

R: Las maletas. No me gusta nada ir cargado de un lado para otro.

P: Como auxiliar de vuelo, ¿recomiendas el transporte aéreo sobre los demás para viajar?

R: Por supuesto, ya sé que cada vez hay menos espacio entre los asientos, pero no se preocupen, ya no lo pueden estrechar mas. Hay que entender un viaje en avión como medio de transporte de un lugar a otro en el que sólo estarás unas horas o quizás minutos. Por eso no son excesivamente confortables. Pero es rápido, seguro y puntual en la mayoría de los casos.

P: Últimamente se está generando mucha histeria colectiva por la seguridad en los aviones, ¿tú qué opinas al respecto?

R: Creo que toda seguridad es poca. No puedo decir que esté totalmente de acuerdo con los nuevos scanners corporales, pero es una medida más. Tristemente los aviones son un objetivo de terrorismo, así que todo lo que se pueda hacer para evitar un mal mayor lo veo bien.

P: ¿Dónde tienes pensado hacer tu próximo viaje?

R: Espero que sea a California. Pero como dicen, cualquier sitio es bueno si la compañía es buena.

Entrevista realizada originalmente para ‘Entretantos’

Noche

El lunes en el Blogguercedario se hizo de noche…

Camino sola, por una calle pobremente iluminada por la luz tenue de las farolas que hacen sus últimos esfuerzos por cumplir su misión. Acelero el paso cuando siento crujir el suelo detrás de mí, y mi oído se agudiza como si fuera un doble sentido.

Abandono el callejón y miro hacia atrás: no consigo ver a nadie, seguro que algún animal nocturno me ha asustado. Sigo caminando y observando por si me encuentro con alguien. No me gustan los desconocidos, pero reconozco su importancia para el funcionamiento del ciclo de la vida. Parece que no hay nadie a esta hora, en la que la mayoría de los mortales duermen. Sólo algún vehículo se lanza a lo largo de la avenida de doble sentido, que a primera hora de la mañana sufrirá un ruidoso atasco.

Finalmente vislumbro una persona justo al doblar la esquina. Se trata de un hombre que camina a unos 5 metros por delante de mí con paso ligero. Me detengo y lo observo en silencio: no parece peligroso. Consigo alcanzarlo y cuando estoy casi a su altura, tropiezo ‘accidentalmente’ y se vuelve para prestarme su ayuda.

Le digo que estoy bien, no sin mostrarme un poco a la defensiva. Ha debido de notarme asustada, pues el desconocido intenta tranquilizarme bromeando sobre la situación. Le confieso que me da un poco de miedo volver a casa sola de noche, porque vivo en las afueras y puede ser peligroso. Parece captar el doble sentido de mis palabras y se ofrece a acompañarme si así me siento más segura.

Paseamos en dirección a mi casa, a pesar de ser noche cerrada no hace demasiado frío. No nos cruzamos con nadie en todo el camino. Cuando llegamos a la puerta del jardín, mi amable acompañante se para en seco. Me mira, se ríe y me pide que abandone la broma. Insisto en que entre en mi casa, y le invitaré a algo. Cuando capta que no bromeo, se da media vuelta y se dispone a salir corriendo, pero ya es tarde.

Lo sujeto del brazo con una fuerza brutal y lo atraigo hacia mí. Me lanzo a su cuello, clavo mis colmillos profundamente y bebo sangre caliente. Abro la puerta del cementerio y entro en casa. Empieza a amanecer, es hora de acostarme, no tengo hambre, y sobre todo, ya no tengo miedo.

vampiresa

25 de Abril sempre

25 de abril de 1974. Lisboa. Revolución de los Claveles.

25abril

Grândola. Amália Rodrigues.

Mi tío me ha hecho llegar un artículo que me ha parecido interesante, y sirve para reflexionar un rato.

Escrito por Hernán Casciari, autor de la obra Más respeto que soy tu madre, el relato invita a pensar qué hubiera sido de la literatura si siempre hubieran existido los teléfonos móviles. De hecho, el aparatito ya está presente en todo lo que se escribe haciendo referencia a nuestros días, forma parte de la rutina y se traslada también a las novelas y al cine por mucha ficción que trate.

El celular de Hansel y Gretel

Anoche le contaba a mi hijita Nina un cuento infantil muy famoso, el de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm.
En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer.

Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el celular’.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años.
Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?.

Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.
Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.
Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la
incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler).

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
M HGO LA MUERTA , PERO NO TOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCS. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción ‘Banda ancha móvil’ de Movistar.
Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.

La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Macondo y entonces la novela de García Márquez se llamaría ‘Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el Messenger.

La famosa novela de James M. Cain -’El cartero llama dos veces’- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ‘El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ‘Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ‘El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre ‘quién es la mujer más bella del mundo’, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche Nina , sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.

¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

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